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Mostrando entradas de octubre, 2020

Me despido.

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He tardado mucho tiempo en despedirme de mi querido J . Lo aprehendí tan fuerte que he estado a punto de empañar su recuerdo. Hace veinte días le di las gracias por verme de colores y le dije adiós. Pero no me fui. Me escondí y le observé desde la distancia. Le escuché reír, le vi tontear con otras, escuché su música, acaricié a su perro... De todas esas personas, yo era la única que no podía interactuar con él, así que me alejé. Y me costó, porque ahora fisgar en la vida de los demás es demasiado fácil, aunque te separen miles de kilómetros de distancia. Comprendí que su forma de continuar era ésa. Y esto es cuestión de respeto. Ahora no se ha ido él, me he ido yo. Gracias por verme de colores.   

Silencio: el ruido se apagó.

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Hace un mes conocí a una persona que me sacudió. Me hizo sentir cosas distintas y me aferré a ella. Me dedicó esta canción sin saber que había producido el mismo efecto en mí: apagó el ruido.  A veces verbalizo las cosas de forma un tanto "rara". Así que cuando digo "no encuentro el silencio", significa que he perdido mi centro, que hay una maraña de pensamientos que no me permiten hallar la serenidad que necesito en mi vida. En esos momentos tiendo a aislarme, como si el silencio exterior pudiera acallar esas voces que hay en mi cabeza. Algunas veces he tardado años en volver a encontrar ese espacio de tranquilidad, un lugar concreto dentro de mí, un estado de calma. Esta mañana me he despertado, he ido tomando conciencia de mi cuerpo poco a poco, he remoloneado en la cama y, de repente, ahí estaba: nada. Absolutamente nada. No había recuerdos, ni imágenes, ni sonidos, ni pensamientos. Sólo un espacio yermo, de paz. Siempre he sabido que cada uno de nosotros tenemo...

Kintsugi: las cicatrices de mi vida.

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Le regalé a una amiga un libro de palabras japonesas. Los japoneses ponen nombre a conceptos complejos, como por ejemplo, a quedarse dormido en el trabajo o en mitad de un lugar público, pero sin perder la consciencia del todo ("inemuri") o a los placeres sencillos de la vida adulta como el primer trago de una cerveza fría en verano ("shibui"). Entre ellas me encontré con este precioso concepto, "kintsugi", la creencia de que los objetos que se han roto y reparado son más valiosos que algo nuevo porque han sobrevivido y sus grietas dan fe de ello. De hecho, hace un tiempo vi un reportaje sobre la tierra nipona en el que explicaban que cuando reparaban piezas de porcelana rellenaban las grietas con oro ("kintsugi" significa literalmente "cicatriz dorada").  En nuestra cultura, sin embargo, sólo las cosas en perfecto estado tienen valor. Y por analogía, existe esa especie de enfrentamiento entre juventud y vejez. A mí esto me pilla en esa...