Kintsugi: las cicatrices de mi vida.

Le regalé a una amiga un libro de palabras japonesas. Los japoneses ponen nombre a conceptos complejos, como por ejemplo, a quedarse dormido en el trabajo o en mitad de un lugar público, pero sin perder la consciencia del todo ("inemuri") o a los placeres sencillos de la vida adulta como el primer trago de una cerveza fría en verano ("shibui"). Entre ellas me encontré con este precioso concepto, "kintsugi", la creencia de que los objetos que se han roto y reparado son más valiosos que algo nuevo porque han sobrevivido y sus grietas dan fe de ello. De hecho, hace un tiempo vi un reportaje sobre la tierra nipona en el que explicaban que cuando reparaban piezas de porcelana rellenaban las grietas con oro ("kintsugi" significa literalmente "cicatriz dorada"). 

En nuestra cultura, sin embargo, sólo las cosas en perfecto estado tienen valor. Y por analogía, existe esa especie de enfrentamiento entre juventud y vejez. A mí esto me pilla en esa edad en que ni una cosa ni la otra, con canas, arrugas y flacidez. Nunca he sido muy competitiva, así que no me enfrento ni entiendo a las personas que me cruzo como "rivales". Bastante tengo conmigo misma como para lidiar con los demás.

A mí me ha llevado unos años llegar a este estado de serenidad sostenida en la que me encuentro (todavía no es muy constante, pero en ello estoy), así que me encuentro en ese momento de la vida en que se me acumulan muchas cosas por "reparar". Esa autoestima por los suelos, de arrastrarla -y arrastrarte- tantos años, ese cuerpo que has descuidado porque no encontrabas ánimo para quererte y cuidarte, esa mente maleducada que a la que te despistas vuelve a rutinas tóxicas, una profesión que te genera frustración, un bagaje cultural mediocre... 

Se me acumulan las cicatrices. Y eso significa que he sobrevivido. Así que he decidido "rellenarlas con oro". Darme valor, cariño, atención, mimos... Y quiero compartir con vosotros ese proceso porque, quizá, alguien esté en el mismo puto que yo.


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